Apuntes por una #UniversidadSostenible

Se debe repensar la educación de manera holística, enfocada en competencias y orientada a la resolución de problemas. Solo así podremos pensar en un ecosistema que incentive la generación de nuevo conocimiento, y en universidades que, a través de la investigación, nos brinden evidencia científica y soluciones prácticas para desafíos complejos como, por ejemplo, el cambio climático.

¿Qué necesitamos para llegar a una universidad sostenible?
¿Qué necesitamos para llegar a una universidad sostenible?  (Imagen: 123RF)

 

Por Melissa Ingaruca

El Perú ha vivido una década de crecimiento económico que forma parte de un proyecto de desarrollo que ya han recorrido los países industrializados y cuyo “éxito” es puesto en cuestión, no solo a escala nacional, sino a escala global. Sabemos que nuestro desarrollo económico se sustenta en una lógica lineal de extraer-producir-vender-consumir-desechar que promueve una sobrexplotación de los recursos a un ritmo más rápido de su capacidad para renovarse y que generan desperdicios que degradan los ecosistemas. En otras palabras, nuestro sistema evidencia una incompatibilidad con los límites planetarios de la Tierra y ejerce una presión desmedida sobre la capacidad de carga del planeta para garantizar la sostenibilidad de la especie humana.

Nuestro principal reto, como sociedad, es construir una visión de desarrollo sostenible, que evidencie la naturaleza holística de lo que entendemos por desarrollo, ¿podemos pensar en un desarrollo que sea socialmente justo, ecológicamente saludable y económicamente viable? ¿podemos ampliar nuestra empatía como humanidad no solo con nuestra generación sino con las generaciones futuras? Y si es así, ¿qué pasos deberíamos tomar como sociedad para avanzar en este nuevo proyecto de desarrollo sostenible?

Repensar el desarrollo global nos exige un mayor grado de colaboración interdisciplinaria, innovación y planificación a largo plazo para escenarios que son, mayormente, inciertos y ponen en jaque nuestras estructuras conceptuales e institucionales. Necesitamos nuevos liderazgos en el sector público, privado, la academia y la sociedad civil: ciudadanos y profesionales con competencias para impulsar cambios desde sus roles, y nuevas instituciones que se transformen para hacerle frente a los nuevos desafíos.

En este escenario, se abre una ventana de oportunidad para una institución con un gran potencial de impulsar cambios relevantes en la sociedad: la universidad. ¿Cómo se transformarán las universidades para responder a estos desafíos? ¿Qué rol tendrán las universidades en impulsar un desarrollo sostenible en el país? ¿Cómo los estudiantes y jóvenes profesionales participaremos activamente de este proyecto de evolución de la educación superior?

Este es solo un ensayo a esas preguntas.

Lo que sabemos es que necesitamos cambios estructurales en procesos de largo aliento. Necesitamos construir participativamente una visión de la universidad que queremos. Necesitamos impulsar cambios graduales y generar lecciones aprendidas que podamos compartir en una red de aprendizajes entre universidades públicas y privadas. Y necesitamos recordar, en el proceso, que los cambios tienen que penetrar el sistema universitario.

Bici-PUCP, una idea para transporte dentro de la universidad. (Foto: PuntoEdu)
Bici-PUCP, una idea para transporte dentro de la universidad. (Foto: PuntoEdu)

Entonces, ¿cómo la universidad puede transformarse? Un paso estratégico es transitar hacia un modelo de universidades sostenibles, en donde la institución de la universidad sea referente y motor de desarrollo sostenible en la sociedad. El énfasis está no solo en la educación superior como incubadora de agentes de cambio (profesionales y ciudadanos); sino en la misma transformación institucional de la universidad como laboratorio de sostenibilidad.

El enfoque de “universidades sostenibles” es precisamente un marco teórico, basado en una lógica sistémica, que nos puede guiar el proceso.

En primer lugar, la incorporación de un enfoque de desarrollo sostenible en el sistema universitario supone repensar el quehacer de la institución universitaria para hacer frente a los desafíos que se han comentado. Este quehacer puede ser replanteado en torno a 4 ejes que conforman el sistema universitario: (1) formación (2) investigación, (3) operaciones del campus (4) relaciones con la comunidad.

La formación universitaria debe promover nuevos liderazgos. Por ello, el enfoque de esta educación no puede reducirse solamente a la transferencia de conocimientos especializados, sino a un (i) fortalecimiento de competencias para enfrentar retos complejos y escenarios futuros inciertos, (ii) a la resolución de problemas reales y (iii) a la cooperación interdisciplinaria y transdisciplinaria. Como menciona Anthony D. Cortese (2003), si no se hacen conexiones más allá de los límites de las disciplinas corremos el riesgo de padecer de miopías: ver problemas de manera aislada y jerárquica, invisibilizando su complejidad e interdependencia. Es así que, por ejemplo, una competencia clave que se debe desarrollar en los nuevos profesionales es el pensamiento sistémico y prospectivo.

Se debe, pues, repensar la educación de manera holística, enfocada en competencias y orientada a la resolución de problemas. Solo así podremos pensar en un ecosistema que incentive la generación de nuevo conocimiento, y en universidades que, a través de la investigación, nos brinden evidencia científica y soluciones prácticas para desafíos complejos como, por ejemplo, el cambio climático. ¿Cómo la investigación puede servir como evidencia para la construcción de políticas públicas? ¿Cómo la investigación puede ser semilla de innovación? ¿cómo la investigación puede responder a los desafíos locales de las regiones en las que las universidades se encuentran insertas? Imaginemos a las universidades como la cuna de mentes interdisciplinarias que construyan conocimiento distinto para un futuro retador.

De otro lado, es igual de importante que la sostenibilidad forme parte de las operaciones diarias de la universidad ya que es una señal de coherencia, refuerza valores de un estilo de vida sostenible e involucra a toda la comunidad universitaria en estas prácticas. Entender todo lo que ocurre en el campus: uso de energía, uso de recursos, compra de materiales, actividades de transporte, comercio, generación de desechos y emisiones etc, como parte de un metabolismo institucional nos pondrá en perspectiva en la gestión ambiental. Es ampliamente aceptado que debemos ser más eficientes en el uso de energía y recursos, pero, ¿es suficiente? ¿Podemos ir más allá de la ecoeficiencia? ¿Será posible que un metabolismo institucional pueda aprender de la inteligencia de la naturaleza, en donde nada es desperdicio, en donde todo fluye en un círculo virtuoso de aprovechamiento? Es un gran reto pensar cómo el metabolismo de un campus puede imitar las lecciones de la sostenibilidad ambiental. Según G. Tyler Miller (2008) existen 4 principios de sostenibilidad ambiental que le han permitido a la Tierra sobrevivir y adaptarse durante 3,700 millones de años: la confianza en la energía solar, el reciclamiento de nutrientes, la conservación de la biodiversidad y el control poblacional; lo cual ofrece oportunidades de innovación para los campus de las universidades, por ejemplo: transitar a fuentes de energías renovables (como la solar), prevenir y reducir la generación de desperdicios, y reciclar y reutilizar los “desperdicios” como insumos o materia prima para otros procesos.

Tomando estos ensayos de ideas entorno a la (1) formación, (2) investigación y (3) gestión ambiental, queda claro que existe un gran potencial en los cambios que puede impulsar la universidad. Estos aprendizajes y aportes pueden en efecto tejer redes de cooperación y diálogo constante de la universidad con los actores de la sociedad. Estas lecciones aprendidas pueden ser escaladas y/o adaptadas a otras realidades y ecosistemas urbanos o rurales de las localidades de las que la universidad forma parte. La universidad puede ser esa célula viva que fortalezca nuestros tejidos sociales para enfrentarnos a desafíos locales y nacionales juntos, para incidir en políticas públicas y escalar buenas prácticas, para generar alianzas con el sector privado y público y promover innovación, para inspirar a la sociedad civil con una narrativa distinta: que las instituciones, en efecto, también pueden ser agentes de cambio.

Pero cualquier proyecto de cambio necesita personas comprometidas y visionarias. ¿Podemos los jóvenes asumir este liderazgo? ¿Podemos articular los distintos liderazgos que surgen de actores administrativos y académicos dentro de nuestras universidades? ¿Cuál es nuestro rol?

Creo firmemente que los jóvenes podemos participar activamente de este proyecto de evolución de la educación superior y de la institución universitaria con generación de conocimiento y experiencia que sume al proceso. En esta dinámica, encontramos un sinfín de oportunidades para contribuir con aproximaciones holísticas a la realidad, con conocimientos interdisciplinarios, con propuestas innovadoras, y con experiencia acumulada en proyectos y/o actividades extracurriculares que nos hayan conectado a los distintos desafíos de nuestras comunidades, de nuestro país o a experiencias internacionales. Es nuestro momento.

 

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Este artículo se desarrolló en el marco del Encuentro Nacional Jóvenes por una Universidad Sostenible, realizado por el Equipo Munay del jueves 13 al sábado 15 de noviembre de 2014.

 

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